Bohemia

Cuando Cristian Galicia, de Fast Food and Rock, me pidió escribir unas líneas sobre Bohemia Suburbana, pensé inmediatamente en mi primer encuentro con la música de una de las bandas símbolo del rock en Guatemala, que se produjo allá por el 2001, la tarde de un domingo, en el único café abierto en Huehuetenango. Una hamburguesa que no habría merecido una reseña de este sitio -pero que sabía a gloria en esas circunstancias- tenía por fondo estos versos:

Lo poco que tengo lo tengo por ti

/Y tú todo lo que tienes me lo quitaste a mi

/porque vos robas y así te divertís…

¿Qué suena? pregunte a mi compañera de mesa, que llevaba varios años viviendo en Centroamérica. ¿No los conoces? son los Bohemia, me respondió con cierto aire de superioridad, en el tono de alguien que hace ejercicio de paciencia infinita antes de contestar alguna impertinencia.

El nombre se quedó en mi memoria remota. Cuando Bohemia fue a tocar a Huehue como parte de su gira, yo iba en dirección contraria en la Interamericana, en una mudanza que comprendía una mochila, mi colección de cds, un baúl de madera repleto de artesanías, y dos botellas de tequila para consumo regional. Unos meses después, la tarde de sábado en el antiguo local de Sophos, mi memoria recuperaría la mención a Bohemia Suburbana al conocer brevemente a  Giovanni Pinzón.

Sub, el disco de 2001, se incorporó a mi colección. Inclusive tuvo que ser comprado otra vez para reponer el ataque de una cleptómana fresa en San Salvador, que decidió apropiarse de mi bolsa de discos como recuerdo de una jornada de conversación poco memorable – un posgrado en administración de empresas y emprededurismo para alguien que va a heredar el negocio de familia.

Entre la publicación de Sub, Bohemia Suburbana e Imaginaria Sonora, la banda que celebró 20 años de carrera, se desintegró y reintegró algo más de mil veces, experimentaron el encuentro con otras formas visuales de arte, seguramente tocaron a las puertas de  la madurez de su obra y hace poco fueron noticia por discutir con un seguidor en un concierto.

Y es en este punto es que un cronista en aprendizaje perpetúo – como la pasajera en trance de Charly García-, quiere hablar de algo más que trayectoria, se pone pesado, y menciona el término legado, como aquello que no se explica de otra forma sino como lo que siente cuando se  crece escuchando a una banda, y te apropias de su esencia. Cuando en tus recuerdos los acordes de una guitarra o unos versos le dieron sentido a lo que te dejaba, lo que te abrazaba o de lo que huías. Es algo así como lo que yo siento por los Sal y Mileto, el símbolo del grunge metal ecuatoriano. O lo que siente mi amigo R. cuando habla de los Redonditos y el Indio.

El rock no es para gente políticamente correcta. Siempre estará del lado de la contracultura – en caso contrario, podría no ser rock. Tal vez otra cosa pero no rock. Así que al escribir de una exitosa banda local, no se puede concluir de manera diplomática que se trata de un caso semejante al de los sabores adquiridos – como el gusto por el maté, el veggiemate o el té de coca, que te gusta porqué creces con él.  El rock tiene ciertos valores y un código de etiqueta que Bohemia Suburbana cumple: estar del lado de la rebeldía con tu propio estilo.

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Ecuatoriano de pasaporte, centroamericano por convicción. Amante a tiempo completo del blues rock y la psicodelia. Casi vegetariano, hasta que se encuentra con un steak.

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